De la Fórmula 1 a los laboratorios universitarios

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Al fin da comienzo la temporada de Fórmula 1. Cada año somos más los que esperamos con impaciencia el mes de marzo para ver de nuevo competir esos bólidos de casi mil caballos de potencia y poco más de 600 kilos de peso. Aún es mayor la ansiedad si tenemos en cuenta que la práctica totalidad de las competiciones del mundo del motor sufren un parón invernal que nos deja pocas alternativas al omnipresente fútbol. Hace solo unos pocos años había que esforzarse mucho para seguir las progresiones de Pedro Martínez de la Rosa y Marc Gené (no digamos ya de Luis Pérez Sala y Adrián Campos), que luchaban por abrir puertas que parecían cerradas a pilotos españoles. Hoy el panorama ha cambiado radicalmente, el campeón del mundo de Fórmula 1 más joven de la historia es español y este año lucha por su tercer título consecutivo. Las competiciones del motor se han convertido en tema de conversación cotidiano para miles de españoles, que hablan ya de los reglajes aerodinámicos y de los neumáticos de la carrera anterior como si fuese el pan nuestro de cada día. Por todo ello, cada vez me sorprenden menos preguntas como: vosotros los ingenieros, ¿qué hacéis en la Fórmula 1? o ¿qué tiene que ver tu trabajo en la universidad con el mundo de la competición automovilística?


Lo cierto es que el mundo de la competición es uno de los mayores escaparates tecnológicos y esto hace que, al margen de los beneficios económicos y comerciales que tiene sobre las marcas participantes, permita mostrar de un modo atractivo para el público el trabajo de multitud de investigadores. Son muchos los elementos que componen un vehículo automóvil, y muchas por tanto las disciplinas de la ingeniería que convergen en una máquina compleja de las características de un Fórmula 1. Así pues, dentro de la ingeniería del automóvil trabajamos ingenieros mecánicos, en el más amplio sentido de la palabra (mecánica de estructuras, mecánica de máquinas y mecánica de fluidos), ingenieros electrónicos, de materiales y un sinfín de especialistas de otras ramas de la ciencia y la tecnología. 

Dicho esto, es fácil comprender que la Fórmula 1 es la punta del iceberg, que debajo de esta visible muestra tecnológica hay una inmensa cantidad de gente trabajando en estos avances. Algunos trabajan directamente en ellos, como miembros de una escudería, sin embargo son más aún los que participan de estos avances sin pertenecer a ningún equipo de competición. 

Por sorprendente que pueda resultar, el mundo de la competición y el de la seguridad automovilística van de la mano. Así pues, dentro de las investigaciones llevadas a cabo en el ámbito de la dinámica vehicular se busca caracterizar parámetros, variables, que definen el comportamiento de un vehículo. A partir del conocimiento de que se dispone acerca de estos parámetros surgen dos líneas de aplicación. Se pueden buscar los valores límite de estas variables, y el modo en que podemos mantenernos cerca de estos límites sin superarlos, como sería el caso del mundo de la competición. Pero también se puede, a partir del conocimiento de dichos límites, gestionar el margen de seguridad que nos queda hasta alcanzarlos, y éste sería el caso de los avances en seguridad. Si bien es cierto que el grupo de investigación MECATRAN y el Instituto de Seguridad de los Vehículos Automóviles Duque de Santomauro (ISVA) en la Universidad Carlos III de Madrid trabajamos fundamentalmente en temas concernientes a la seguridad vial, los mismos repercuten en la otra cara de la dinámica vehicular, la competición. A modo de ejemplo, cabe decir que las investigaciones que actualmente realizamos sobre nuevos sistemas de estabilidad y control de tracción, sistemas de suspensión, amortiguadores magnetoreológicos (una de las tecnologías con mayor proyección), neumáticos… no sólo van orientados a mejorar la seguridad en las carreteras, también contribuyen a mejorar el comportamiento dinámico de vehículos que compiten en todo tipo de campeonatos. 

Para aquellos que aún no hayan encontrado un vínculo suficientemente fuerte entre los trabajos realizados en los departamentos de ingeniería de la Universidad Carlos III y la Fórmula 1, también podemos destacar el programa de colaboración que hemos establecido con la compañía Michelín, que está presente en muchas de las competiciones del mundo del motor y que hasta este mismo año, para alegría de los “ferraristas”, había sido el proveedor mayoritario de neumáticos en Fórmula 1. 

En definitiva, son muchos los nexos en común entre la Fórmula 1, máxima expresión de la competición automovilística, y la labor que desarrollamos muchos investigadores en aulas y laboratorios universitarios. Y en lo que al campeonato de Fórmula 1 se refiere, podemos seguir confiando en nuestro Fernando Alonso como animador de la competición. Seguro que este año nos vuelve a deleitar con salidas fulgurantes, adelantamientos imposibles y victorias memorables. Si bien es cierto que su nuevo equipo tiene aún que adaptarse a los nuevos neumáticos Bridgestone, y que los motores Mercedes aún deben recibir algunas mejoras (sin la posibilidad, eso sí, de realizar variaciones sustanciales en el bloque motor, tal y como exige la FIA hasta la temporada 2010), no me cabe la menor duda de que contamos con el mejor piloto para luchar por el título de campeón del mundo. ¡A por todas, Alonso!

Daniel García-Pozuelo Ramos
Profesor del departamento de Ingeniería Mecánica
Universidad Carlos III de Madrid