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Última actualización: 14/05/2016

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GIL ROBLES Y QUIÑONES DE LEÓN, José María (1898-1980)

Abogado, Catedrático de Derecho y destacado político español, fue el principal líder de la derecha política española durante la Segunda República.

 

Datos biográficos

José María Gil Robles y Quiñones de León nació en Salamanca el 22 de noviembre de 1898, en el seno de una familia acomodada de tradición académica y política. Tercer hijo de Petra Quiñones Armesto y Enrique Gil Robles –sobrino a su vez del poeta Gil Carrasco-, quien era también jurista y político, lo que marcaría profundamente la biografía de José María Gil Robles, que seguiría de cerca los principios teológico-políticos de su padre. Enrique Gil Robles había sido un conocido catedrático de Derecho Político en la Universidad de Salamanca, autor de varias obras importantes sobre el catolicismo liberal o el absolutismo y la democracia, pero especialmente de un Tratado de Derecho político, según los principios de la filosofía y el derecho cristianos opuesto al liberalismo, el racionalismo y el krausismo, que conoció numerosas ediciones hasta los años sesenta. Militante carlista, Enrique Gil Robles fue además diputado por Pamplona entre mayo de 1903 y agosto de 1905, antes de su prematura muerte en 1908, y su carrera académico-política fue en gran medida la inspiración de su hijo menor.

El 1 de julio de 1933, José María Gil Robles se casó con Carmen Gil Delgado y Armada, pasando una parte de su luna de miel en Alemania, donde asistió como observador a uno de los congresos del Partido Nazi en Núremberg. El matrimonio tuvo seis hijos, todos varones, dos de los cuales seguirían también la carrera política del padre.

Falleció en Madrid el 14 de septiembre de 1980.

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Formación

Siguiendo la trayectoria de su padre, José María Gil Robles inició sus estudios en Salamanca con las jesuitinas, y después fue educado por los salesianos. Estudió Derecho en la misma facultad salmantina en la que había sido catedrático su padre, y tras practicar los ejercicios el 26 de junio de 1919, se licenció en Derecho habiendo obtenido dos sobresalientes y un notable en el curso preparatorio, y quince sobresalientes –todos con Premio de Honor- y un notable en la carrera. Presentado al examen final por el Premio Extraordinario, este le fue concedido el 23 de octubre de ese año.

Después se trasladó a Madrid para cursar el doctorado, mientras hacía el servicio militar en el regimiento de ferrocarriles. En Madrid hizo los cursos de doctorado obteniendo en tres de ellos la calificación de Sobresaliente-Matrícula de Honor, y la de Sobresaliente en el cuarto, consiguiendo el título de doctor con calificación de Sobresaliente el 7 de septiembre de 1920, tras la lectura de una tesis titulada “El Derecho y el Estado y el Estado de Derecho”, ante un tribunal estuvo presidido por Lorenzo Benito, con Felipe Clemente de Diego, Emilio Miñana y José Gascón Marín, como vocales, y Vicente Chávez como secretario, quienes le otorgaron la calificación de sobresaliente.

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Carrera académica

Finalizados sus estudios de forma brillante se dispuso a iniciar la carrera académica en la estela de su padre, y en 1920 se presentó a la oposición para la Cátedra de Derecho Político Español Comparado con el Extranjero, de la Universidad de Santiago, que no consiguió. Finalmente consiguió la Cátedra de Derecho Político Español Comparado con el Extranjero el 29 de mayo de 1922 en la Sección Universitaria de La Laguna, pero aunque tomó posesión de la misma el 28 de junio de ese año, sus aspiraciones profesionales estaban ya muy lejos de ejercer la docencia universitaria en las Islas Canarias, y apenas unos meses después, el 22 de enero de 1923, obtuvo una excedencia abandonando la vida universitaria, para formar parte del consejo de redacción del diario El Debate e incorporarse así de lleno a la actividad política y publicística que ocuparían la mayor parte de su vida.

Los regresos a diversas cátedras universitarias y las nuevas excedencias fueron la constante de su vida académica, en la que siguiendo el ritmo de su carrera política apenas tuvo contacto con las aulas universitarias.

Tras iniciar su actividad política de lleno durante la dictadura de Primo de Rivera, a la caída de este Gil Robles solicitó el reingreso en el cuerpo de catedráticos el 3 de diciembre de 1930, y por orden de 26 de diciembre del mismo año se le nombró Catedrático de Derecho Político de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, cargo del que tomó posesión el 1 de enero de 1931.

Sin embargo, ese tampoco sería el comienzo de una larga trayectoria académica, pues el 7 de mayo 1931, por razones de salud solicitó una licencia de un mes sin sueldo en la Universidad de Granada, que se le concedió el día 13, y por orden de 12 mayo 1931 consiguió permutar con Joaquín García Labella su Cátedra por la Cátedra de Derecho Administrativo de la Universidad de Salamanca, regresando así a su tierra natal en la que tomó posesión el día 24, y donde se sucederían las excedencias forzosas al ser elegido diputado a Cortes en las elecciones de 1931, 1933 y 1936.

En su expediente personal consta la excedencia forzosa concedida por orden de 28 de diciembre de 1933, que cesaría el 25 de enero de 1936, sucediéndole una nueva excedencia forzosa por orden de 21 de abril de 1936 al ser elegido de nuevo diputado a Cortes.

Un año antes, en noviembre de 1935, y a pesar de su escasa vinculación con la vida académica, había sido nombrado como vocal suplente del Tribunal de oposiciones a la Cátedra de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho de la Universidad de Murcia, a la que tuvo que renunciar por sus ocupaciones oficiales.

Durante la Guerra Civil Española, puesto al servicio del gobierno de Franco, en febrero de 1937 escribió desde Estoril al Ministro de Educación Nacional de la estructura política golpista para solicitar que se tuviese en cuenta su condición de Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca en situación de servicio activo desde el 18 de julio de 1936, al haberse adherido desde los primeros instantes al alzamiento militar y haber ofrecido sus servicios al gobierno de Franco, para el que realizó fuera de España varias misiones que le fueron encomendadas, hecho que fue refrendado por el Rector de la Universidad de Salamanca en un escrito de 5 de marzo de 1937, y fue aceptado así por el Vicepresidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza en Burgos, el 16 de marzo de 1937.

Desde su estancia en Lisboa, Gil Robles estudió de cerca la dictadura de Salazar, que admiraba desde tiempo atrás, llegando a considerar su sistema político como el más idóneo para España. En 1939 las autoridades políticas del nuevo Estado emanado del golpe militar establecieron que se encontraba en comisión de servicio en Lisboa para el estudio del Derecho Corporativo portugués desde el 18 de julio de 1936, y fue ascendido en el escalafón el 25 de octubre de 1941, y nuevamente el 2 de febrero de 1942, siendo aceptado como excedente voluntario por orden de 18 de mayo de 1943, excedencia que fue prorrogada de nuevo por orden de 3 de junio de 1953, hasta que finalmente, a punto de jubilarse, una orden de 3 de abril de 1968 le nombró Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Oviedo por concurso de traslado, cátedra de la que tomó posesión el 17 de mayo, obteniendo su jubilación al cumplir la edad reglamentaria por resolución de 28 de noviembre de 1968, completando así una peculiar carrera académica totalmente ajena al mundo universitario.

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Otras actividades y méritos

Mucho más conocida es su carrera política, a la que dedicó la mayor parte de su vida, y por la que obtuvo una extraordinaria notoriedad.

Su singular presencia en la vida pública española se inició en 1922 colaborando en el Partido Social Popular de la mano de Ángel Herrera Oria, quien se convertiría en su valedor durante mucho tiempo, y en 1923, aparcando su carrera académica, pasó a formar parte del consejo de redacción del diario El Debate (del que pronto sería subdirector), que era un órgano de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP) dirigido por el propio Ángel Herrera Oria.

Siempre se consideró a sí mismo como católico y monárquico. Su actividad política partió desde el catolicismo social ultraconservador, y siempre dejó ver tentaciones hacia el autoritarismo. Con la instauración de la dictadura de Primo de Rivera, se mostró afín a los ideales de la Unión Patriótica, y colaboró activamente con el ministro Calvo Sotelo en la labor técnica de la redacción del Estatuto Municipal de 1924 creado por la dictadura, desarrollando una notable actividad política como conferenciante de la ACNP, y aprovechando su posición en la Secretaría General de la Confederación Nacional Católico-Agraria para ir construyendo las bases de su influencia política en el mundo rural castellano.

Tras la proclamación de la Segunda República, Gil Robles se definió como accidentalista en cuanto a las formas de gobierno, aceptando el régimen republicano, y tuvo un papel muy destacado en la organización de la derecha católica como fuerza política y en la redacción del manifiesto fundacional de Acción Nacional. Era ya entonces un reputado abogado, que ejercía una importante influencia política desde el diario El Debate, que había demostrado ser capaz de integrar el catolicismo liberal en el parlamentarismo democrático, pero que no generaba muchas simpatías entre los republicanos progresistas como Azaña, que a propósito del debate sobre las responsabilidades de Alfonso XIII en 1931 en las que el abogado salmantino propuso tranquilamente olvidar el pasado, lo retrató en sus Memorias como hombre “de voz metálica, inalterable, un poco cargado de hombros, sin ideas ni talento”, y lo definió como “la estampa del abogado cínico”.

Gil Robles aceptó el sistema democrático, y se propuso utilizar sus instrumentos para defender sus intereses políticos e ideológicos, aunque desde los primeros meses de la República su lenguaje fue identificado por los republicanos conservadores como Miguel Maura como un llamamiento a la guerra santa. Como reflejó vivamente en sus memorias, su aceptación de la democracia parlamentaria no era fruto de una convicción democrática sino de una cuestión práctica, afirmando que estaba en contra de dicho sistema político y “cuanto más intervenía en el Parlamento, más firme era mi convicción de lo difícil que resultaría remediar por ese camino los males de la patria; pero se me ofrecía como el único terreno en que poder luchar. Aunque sin haber contribuido a implantar el sistema, me consideraba obligado a utilizarlo”.

En las elecciones de junio de 1931 fue elegido diputado por Salamanca como miembro del Bloque Agrario. Fue en ese periodo de falta de liderazgo en la derecha política desde la caída de la monarquía, cuando Gil Robles cimentó su posición, consiguió gran notoriedad gracias a sus interpelaciones al Gobierno respecto a las cuestiones religiosas, y se definió como abiertamente contrario a la Constitución de 1931 que aspiraba a transformar por completo desde el poder mediante un nuevo proceso constituyente, aunque también criticó a los católicos que abandonaron el hemiciclo tras la aprobación del famoso artículo 26 sobre las órdenes religiosas y la financiación de Iglesia Católica, por considerar entonces que el Parlamento era el lugar donde todos debían defender sus intereses. Tras la dimisión de Ángel Herrera Oria –que no había obtenido el acta de diputado por Madrid-, en noviembre de 1931 el abogado salmantino sustituyó a su mentor en la dirección de la redenominada Acción Popular.

En marzo de 1933 se fundó la CEDA. Dentro de ella, a sus treinta y cinco años, Gil Robles fue el verdadero artífice de la coalición de los grupos políticos católicos y conservadores de diversa índole, en un gran partido de masas moderno, con comités locales, sección femenina, juventudes y un gran aparato publicitario, que consiguió además el apoyo tácito del antiguo monarca socavando las posibilidades de los partidos monárquicos.

Dentro de la CEDA fueron creciendo y ganando poder las posiciones de extrema derecha, y su lenguaje político se identificaba cada vez más con el lenguaje del fascismo. Desde su viaje a Nuremberg en el otoño de 1933, Gil Robles había asumido que pese a ciertas diferencias políticas, el fascismo que se extendía por Europa era el modelo más aprovechable para alcanzar sus objetivos.

Gil Robles y la CEDA consiguieron una gran movilización de la derecha a través de grandes concentraciones populares de protesta contra las medidas del gobierno en materia religiosa, acostumbrando a los militantes a la toma de la calle y la presión popular, y haciendo una intensa labor de proselitismo, apoyada en los recursos de la Iglesia Católica y los resortes de la prensa conservadora. Su idea de conquistar el Estado a cualquier precio para liquidar la democracia fue evidente en muchos discursos como el del acto de presentación de su candidatura el 15 de octubre de 1933: “Tenemos que fundar un nuevo Estado, limpiar el país de masones judaizantes (...) ¡Qué importa si tenemos que derramar sangre...! (…) La democracia no es un fin, sino un medio para la conquista del nuevo Estado. Cuando llegue el momento, o el Parlamento se somete o lo hacemos desaparecer”.

Los actos multitudinarios de las Juventudes de Acción Popular en escenarios tan simbólicos como Santiago, Covadonga o El Escorial, fueron el escenario en el que Gil Robles, aclamado en las concentraciones de masas uniformadas bajo el grito de “¡Jefe, jefe, jefe!”, habló de la completa transformación de la constitución o la muerte de las Cortes, y en los que se produjo su identificación popular –aunque no plenamente ideológica- con el fascismo europeo, y su figura fue transformándose en la de un caudillo carismático.

En las elecciones de noviembre de 1933, Gil Robles obtuvo de nuevo su acta de diputado por Salamanca –aunque resultó también elegido por León- como candidato de Acción Popular, y liderando la CEDA, que se convirtió en el partido más votado con una exigua minoría de 115 escaños sobre 450, lo que le impedía gobernar.

La imagen de Gil Robles estaba entonces ligada a la gran fuerza de los movimientos fascistas en Europa, y en especial con la del canciller austriaco Dollfuss, que había obtenido el poder en las urnas y desde el gobierno había destruido el sistema parlamentario dirigiendo un régimen autoritario de corte fascista (igual que hicieron poco después Hitler en Alemania, o Panagis Tsaldaris en Grecia). El presidente de la República encargó gobierno a Lerroux, mientras la estrategia de la CEDA consistió entonces –según el propio Gil Robles- en colaborar primero con los radicales, entrar después en el Gobierno y exigir finalmente la presidencia, para transformar la constitución por esa vía, o mediante las “soluciones” que fuesen necesarias. La tensión política fue desde entonces en aumento, pues el Parlamento estaba polarizado, la CEDA provocaba continuas crisis de gobierno, y amenazaba con la violencia si no se les permitía gobernar, y el PSOE temiendo que ese fuese el fin de la República amenazaba con lanzar una revolución si la CEDA entraba en el gobierno, como finalmente sucedió en octubre de 1934. La desastrosa acción revolucionaria del PSOE hizo desaparecer de la escena cualquier posible tentativa revolucionaria, y dio el pretexto a las fuerzas católicas, monárquicas y fascistas para lanzar la ofensiva contrarrevolucionaria.

Reprimida con extraordinaria dureza la revolución de Asturias, y con varios ministros de la CEDA ya en el gobierno, Gil Robles siguió intentando forzar su acceso a la presidencia, y mantuvo conversaciones con los generales Fanjul y Goded respecto a un posible golpe de Estado militar. Con un gobierno de mayoría derechista no republicana se avanzó en una gran rectificación legislativa de la República, y el 6 de mayo de 1935 Gil Robles fue nombrado Ministro de Guerra, cargo que desempeñó durante uno de los gobiernos de Lerroux y dos de Chapaprieta, hasta el 14 de diciembre de ese año, cuando el segundo bienio republicano tocaba a su fin tras diversos problemas políticos y escándalos de corrupción. Desde el Ministerio de Guerra, Gil Robles inició una política de sentido opuesto a la reforma militar de Azaña. Pese a las reticencias de Alcalá Zamora, Gil Robles decidió nombrar a Franco como Jefe del Estado Mayor Central, tras haber liderado este la sangrienta represión en Asturias. Desde entonces el ejército sufrió un proceso de creciente derechización, muchos militares republicanos fueron cesados, y algunos de los altos mandos nombrados por Gil Robles, como el general Fanjul, alentaron y protegieron la UME, asociación militar semiclandestina de gran relevancia posterior.

Al caer el gobierno de Chapaprieta en diciembre de 1935, Gil Robles reclamó la presidencia del Consejo de Ministros, pero Alcalá Zamora prefirió disolver el Parlamento y volver a convocar elecciones. La CEDA aspiraba a arrasar en ellas, y puso en marcha la mayor campaña de propaganda política conocida hasta entonces. En vísperas de las elecciones de febrero de 1936, un inmenso cartel con el rostro de Gil Robles presidía uno de los edificios de la Puerta del Sol, pidiendo el voto para obtener una mayoría de 300 diputados. La CEDA, sin embargo, fue derrotada en las urnas por la coalición del Frente Popular, y para impedir el acceso al poder de estos, Gil Robles llegó a proponer al Presidente del Consejo de Ministros saliente –Portela Valladares- la proclamación del Estado de Guerra con el apoyo del ejército para deponer a Alcalá Zamora y dirigir un nuevo gobierno al margen de la Constitución.

La actividad política de Gil Robles se había caracterizado por una retórica inflamada, pero también por una falta de decisión a la hora de asaltar el poder. El fracaso de la táctica entrista de Gil Robles provocó un proceso de gran radicalización en la CEDA y todo el arco político de la derecha española, muchos miembros de sus juventudes se pasaron a la Falange, y ante el fracaso electoral la figura de Gil Robles se vio cada vez más eclipsada por Calvo Sotelo, al que acompañó en las críticas por los problemas de orden público contra el gobierno, y la propaganda que alentaba el golpe de Estado desde el Congreso de los Diputados.

Autodenominado como accidentalista y defensor del parlamentarismo, Gil Robles defendió en varios escritos tardíos que no estuvo implicado en el golpe de Estado del 36, ni informado de la trama del mismo, algo difícil de creer cuando además muchos de los principales protagonistas de la sublevación eran figuras muy cercanas a él, y había decidido proteger a su familia refugiándola en Biarritz, circunstancia que le permitió salvar la vida al no encontrarse en su domicilio cuando fueron a buscarlo la noche del 13 de julio. De hecho, como ha analizado detalladamente Eduardo González Calleja, Gil Robles siguió durante la República una táctica ambigua que combinaba la idea de utilizar la democracia para restaurar la monarquía, con la de asaltar de cualquier forma el poder, coqueteó varias veces con la posibilidad de una acción violenta, y habiendo perdido peso tras el fracaso electoral de 1936, al llegar el momento de la conspiración definitiva participó de forma considerable en ella. Al iniciarse el conflicto Gil Robles ordenó a los afiliados de la CEDA dar apoyo económico y político al golpe, ordenó entregar los fondos del partido a los golpistas y colaborar en la acción militar sin constituir milicia propia, e incluso como reconoció en una declaración de 1942 para la Causa General, se había encargado con anterioridad de proporcionar inmunidad parlamentaria a Franco, actuó personalmente como uno de los mediadores entre Mola y Fal Conde en las negociaciones entre los militares y los carlistas previas al golpe, colaboró desde Biarritz en la redacción de un manifiesto enviado a Pamplona el 16 de julio, e hizo varias gestiones para enviar a Canarias el avión que había de trasladar a Franco.

Expulsado de Francia, Gil Robles se instaló durante la guerra en Lisboa donde continuó una intensa campaña a favor de Franco en labores de propaganda, pero también mediante acciones diplomáticas y recaudación de fondos. Desde Lisboa facilitó algunos contactos del Foreign Office con Franco, y viajó a Salamanca donde además de presentarse ante las autoridades académicas, se entrevistó con Franco para proponerle una mediación británica a cambio de la retirada italiana, propuesta que Franco rechazó. Su idea era medrar dentro del nuevo poder, pero desde 1938, cuando Serrano Suñer ordenó la apertura contra él de un sumario militar por conspiración, comprendió que Franco no contaba con él en su corte.

Tras la Guerra Civil Española, al vislumbrar desde 1942 la derrota del nazismo, Gil Robles trabajó por la restauración de la monarquía en la persona de Juan de Borbón, de quien se convirtió en el principal representante, formando parte de su Consejo Privado entre 1944 y 1955, alcanzando su mayor influencia a raíz del Manifiesto de Lausana de 1945.

Convencido después de que Franco no cedería el poder, en 1947 entró en contacto con Indalecio Prieto en Londres para intentar pactar una transición a la monarquía intentando orquestar una coalición de todos los grupos antifranquistas. Volvió a España en 1953, donde se convirtió en referente de varios grupos democristianos y retomó su actividad como abogado, pero no su cátedra. En 1960 fundó el grupo Democracia Social Cristiana, y en junio de 1962 participó en el Congreso del Movimiento Europeo que la dictadura de Franco denominó como “el contubernio de Múnich”, lo que le valió la desautorización por parte de Juan de Borbón, su ruptura definitiva con este, y su destierro en Ginebra durante dos años. En 1964 regresó a España, donde continuó ejerciendo la abogacía y solicitó su reingreso en el cuerpo universitario para su jubilación.

En sus últimos años defendió la idea de una reconciliación nacional, y escribió en algunas publicaciones de gran relevancia política como Cuadernos para el diálogo. Desde 1975 presidió la Federación Popular Democrática, que se fusionó después con Izquierda Democrática de Joaquín Ruiz Jiménez en la Federación de la Democracia Cristiana, amparada por la Democracia Cristiana europea, y se presentó a las elecciones de junio de 1977, en las que su partido no consiguió ningún escaño, por lo que dimitió poco después, y abandonó definitivamente la política. Desde los años cuarenta escribió varios trabajos de interés jurídico y político, así como varios textos de memorias y recuerdos. Dos de sus hijos –José María y Álvaro- continuaron su carrera política.

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Principales obras

El Derecho y el Estado, y el Estado de Derecho. Estudio de Derecho político. Salamanca, Imprenta Editorial Salmantina, 1922.

Por un Estado de Derecho. Barcelona, Ariel, 1969.

Discursos parlamentarios. Madrid, Taurus, 1971.

Cicerón y Augusto: vigencia de un planteamiento político. Barcelona, Ariel, 1974.

La fe a través de mi vida. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1975.

Marginalia política. Barcelona, Ariel, 1975.

La monarquía por la que yo luché. Páginas de un diario (1941-1954). Madrid, Taurus, 1976.

No fue posible la paz, Ariel, 1978.

La aventura de las autonomías. Madrid, Rialp, 1980.

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Fuentes

  • Archivo General de la Administración, Sección de Educación, Expediente personal de Licenciatura de José María Gil Robles y Quiñones de León Doc (5) 1.19 31/15834
  • Archivo General de la Administración, Sección de Educación, Expediente personal de Doctorado de José María Gil Robles y Quiñones de León Doc (5)20 32/14066
  • Archivo General de la Administración, Sección de Educación, Expediente personal de Catedrático de José María Gil Robles y Quiñones de León Doc (5) 1.16 21/20241
  • Archivo Histórico de Diputados, Congreso de los Diputados, Serie Documental Electoral, Expediente de José María Gil Robles y Quiñones de León.
  • Gaceta de Madrid núm. 138, de 18/05/1921, página 638.
  • Gaceta de Madrid núm. 157, de 06/06/1922, página 876.
  • Gaceta de Madrid núm. 131, de 11/05/1926, páginas 818 a 821.
  • Gaceta de Madrid núm. 341, de 07/12/1930, página 1528.
  • Gaceta de Madrid núm. 365, de 31/12/1930, página 2061.
  • Gaceta de Madrid núm. 71, de 12/03/1931, página 1368.
  • Gaceta de Madrid núm. 127, de 07/05/1935, página 1092.
  • Gaceta de Madrid núm. 269, de 26/09/1935, páginas 2359 y 2360.
  • Gaceta de Madrid núm. 303, de 30/10/1935, páginas 811 y 812.
  • Gaceta de Madrid núm. 339, de 05/12/1935, página 1963.
  • Gaceta de Madrid núm. 349, de 15/12/1935, páginas 2298 a 2299.
  • Gaceta de Madrid núm. 29, de 29/01/1936, página 867.
  • Boletín Oficial del Estado núm. 168, de 17/06/1953, página 3687
Referencias:

ARDID, Miguel y CASTRO-VILLACAÑAS, Javier: José María Gil Robles. Barcelona, Ediciones B, 2004.

ARRABAL, Juan: José María Gil Robles: su vida, su actuación, sus ideas. Madrid, Librería Internacional de Romo, 1933.

CORTÉS-CAVANILLAS, Julián: Gil Robles ¿monárquico? Misterios de una política. Madrid, San Martín, 1935.

GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo: “José María Gil Robles: ¿Quién soy yo?”, en ARCO BLANCO, Miguel Ángel y QUIROGA FERNÁNDEZ DE SOTO, Alejandro: Soldados de dios y apóstoles de la patria. Granada, Comares, 2010, págs. 304-330.

GUTIÉRREZ-RAVÉ, José: Gil Robles, caudillo frustrado. Madrid, Prensa Española, 1967.

LUCA DE TENA, Juan Ignacio, ¿Quién soy yo?... y ¡Yo soy Brandel!. Madrid, Escelicer, 1970.

ROJAS QUINTANA, Alfonso: José María Gil Robles: historia de un injusto fracaso. Madrid, Síntesis, 2010.

 

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Álvaro Ribagorda

Mayo de 2015

 

Diccionario de catedráticos españoles de derecho (1847-1943) [en línea]. Universidad Carlos III de Madrid. Instituto Figuerola de Historia y Ciencias Sociales, 2011- . Disponible en: http://www.uc3m.es/diccionariodecatedraticos

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