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Píndaro

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Última actualización: 27/05/2009

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Biografía

Busto de Píndaro

(s. VI a.C.)

Los datos que poseemos sobre este autor son realmente escasos, la mayoría de ellos entresacados de su obra, en la que no habla de sí mismo como particular, sino más bien representa la figura del poeta como encarnación de una concepción del mundo. Sabemos que nació en Cinoscéfalas (Tebas) hacia el 518 a.C., probablemente en el seno de una familia aristocrática, y que viajó a Atenas, donde aprendió música. Se cuenta que el gobierno tebano le impuso una multa de mil dracmas por componer una oda en alabanza de Atenas. Esta rivalidad entre polis era frecuente, ya que cada una de ellas se consideraba un estado independiente, unida con la totalidad del mundo heleno sólo por lazos culturales y para defenderse de un enemigo común. En la guerra contra este enemigo común Píndaro mostró cierta simpatía por los persas, de la que tuvo que retractarse. Su consagración como poeta tuvo lugar en Sicilia, donde consiguió el éxito que le haría famoso en toda Grecia. Allí se acercó a los gobernantes Hierón y Terón, a quienes ensalzó con sus odas. Dedicó también un poema para el alcmeónida Megacles con motivo a su condena al ostracismo, en el año 486. Su producción literaria se extiende del 498 al 446, que son las fechas de su primera y última oda, respectivamente.
La tradición señala Argos como el lugar de su muerte, aunque no podemos indicar ninguna fecha exacta, quizá el 348 a.C.

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Estilo

La obra más importante de Píndaro son los Epinicios, de los que conservamos 45, escritos en un estilo severo y un tono elevado, grandioso, en el que se aprecian una audacia del orden sintáctico junto con abruptas transiciones. En los dos últimos siglos se ha planteado en los círculos de la crítica un debate en torno a la unidad formal y de contenido dentro de sus escritos, sin que se haya llegado a una postura unificada acerca del asunto. Tiene influencias de Apolodoro y Simónides. El tema fundamental de las odas es la exaltación de los atletas victoriosos en las competiciones deportivas, no tanto como una forma de elogiar al individuo en tanto que persona concreta, sino como receptáculo de lo que ha dado en llamarse virtudes agonales: fuerza, resistencia, honor, disciplina, cooperación y equilibrio; estas son las destrezas que componen el concepto de areté aristocrática, que es hereditaria y se otorga al hombre como un favor de la divinidad. No debemos olvidar que los concursos atléticos eran principalmente una proyección de la las habilidades bélicas a un terreno más neutral, una manera de que cada estado exhibiera ante sus vecinos su potencial guerrero sin llegar al derramamiento de sangre. La mayor recompensa del atleta y del soldado es la fama, la gloria que deposita en él toda la comunidad, que de esta manera se identifica con su campeón, quien pasa a representar a toda la nación. Del mismo modo, el poeta es la voz y el guía de su pueblo, aquel que dice la verdad sobre toda las cosas y muestra el camino hacia el éxito sin transgredir el modelo de moral tradicional. Píndaro se sirve muy a menudo del mito en sus metáforas, contribuyendo al afianzamiento de la religión olímpica en su apogeo inicial, cuyos dioses (especialmente Zeus) presenta como poseedores de una fuerza sublime y que permanecen inescrutables en sus moradas de bronce. Algunos expertos han señalado elementos de una religiosidad menos ortodoxa en los versos pindáricos, más concretamente alusiones veladas a los ritos de la religión órfica. Se trata de un culto esotérico (es decir, que sus secretos estaban restringidos a unos pocos iniciados) proveniente del sur de Italia, consagrado a Orfeo, el cantor mitológico que consiguió bajar a los infiernos para rescatar a su amada, fracasando en el último momento. Poco conocemos de esta doctrina, ya que quedaba terminantemente prohibido a sus practicantes revelar los secretos que conocían, pero parece innegable que la transmigración de las almas jugaba en ella un papel importante, así como la prohibición de consumir alimentos de origen animal. El nexo difuso que une la poesía de Píndaro con estos ritos se revela, según los defensores de esta postura, en el empleo de una serie de símbolos, por ejemplo el aspecto visual en que hace énfasis el poeta, la contraposición de luz y oscuridad, el oro y el agua, el fuego. Esta conexión entre Píndaro y los cultos órfico-pitagóricos explicaría la función dediversos elementos en su obra, como la luz, que cumple una función evidente en su obra, no sólo porque resulte imposible concebir el mundo de la Grecia mediterránea sin ese brillo cegador que inunda el espacio, también porque el resplandor de lo dorado está asociado con la gloria del vencedor. Abundan los elementos que evocan lo ilimitado, lo grandioso, en forma de cielo, mar o montañas. Las ideas son representadas mediante imágenes tangibles, intensamente ligadas a los sentidos, de forma que el pensamiento se torna imagen. En el manejo del tiempo, combina presente, pasado y futuro como integrantes de una misma cosa, alternando en el ritmo la lentitud y la aceleración.

En cuanto a los aspectos formales, Píndaro es considerado la culminación del arte lírico coral, que logra imitar el sonido armónico pero potente de la lira con un lenguaje rico, lleno de adjetivos complejos y florituras, puesto al servicio del sentimiento, del pathos. Hay en su léxico cierta variedad de elementos dialectales, especialmente beocios, pero unificados bajo la lengua dórica. El epinicio es una composición laudatoria, que puede ser de ofrecimiento, si es corto y se consagra al atleta vencedor de unos juegos, o bien formal, en cuyo caso estaba dedicado al tirano o algún aristócrata de la ciudad y tiene una duración mayor.

Como educador moral, Píndaro busca la armonía cósmica, el orden en el que se unifican lo político, lo moral y lo estético, y se sirve de sentencias en las que expresa los valores comunes compartidos con su auditorio, que se materializan en la figura del atleta o el guerrero. a menudo se ha señalado que la función principal de este poeta fue la exaltación de los ideales de la clase aristocrática, a la que pertenecía, una suerte de apología.

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Obra

Las 45 odas compiladas en los cuatro libros de epinicios (cantos dedicados al honor de los vencedores de los Juegos Panhelénicos), han llegado a nuestros días a través de papiros fechados entre el siglo II a.C. y el II d.C.

Además, se conservan una serie de fragmentos que contienen himnos, peanes (cantos en honor a Apolo, de carácter guerrero), cantos al vino, trenos (cantos fúnebres), etc.

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